Jorge “Portugués” Da Silva, el ingeniero de sonido del rock

“Para triunfar hay que ser un poco hipócrita”

Por Florencia Guerrero
18.06.2013
     

Trabajó con los más grandes, desde Spinetta hasta Alberto Castillo. Cómo son los músicos y la forma de resistir la piratería.

Foto: Ezequiel Torres

Si la música es el arte de combinar los sonidos, Jorge “Portugués” Da Silva ha logrado constituirse en artesano que conjuga los ingredientes sonoros desde la consola, su pedestal de acero y cables. “Contame qué es esto, por qué me llaman. Con el tercer pedido de nota me asusté, porque cuando te llaman mucho, es porque te estás por morir”, dice entre risueño y preocupado el ingeniero de sonido más añoso de estos tiempos.

“Buenos Aires era otra, y la música se vibraba de otra manera”, recuerda y la nostalgia es inevitable. Recuerda uno a uno los nombres de las calles de cada sala de grabación que las inclemencias de la industria borraron, entre los piratas y la desinversión.

Da Silva no esconde su asombro, le parece una “barbaridad” que después de tantos años de trabajar a la sombra, su participación en Encuentro en el Estudio, programa en que acompaña a Lalo Mir, lo haya vuelto relevante para la prensa. Los músicos saben bien quién es, queda claro en una revisión del programa con Fito Páez, que entró a la sala y gritó: “Él fue el amor después del amor”, mientras abrazaba al sonidista. Así se hizo querer este hombre que a los 78 años trabajó en todos los estudios discográficos y con casi todos los artistas.

–¿Con qué músico le faltó trabajar?

–Astor Piazzolla fue una cuenta pendiente, aunque por lo que me dijeron no era fácil.

–¿Los demás lo fueron?

–No, para nada. Este trabajo no es simple porque la música es un estado de ánimo, y mi deber es proporcionar climas.

–¿Alguna vez vio triunfar a un artista en quién no creía?

–Por este estudio pasa mucha gente. Algunos son excelentes y otros no tanto. Los años me enseñaron que no hay que subestimar a nadie porque nunca sabés dónde te los vas a encontrar. Pero he visto gente que maltrató y alguna vez se arrepintió.

–¿Quién?

–En una época de bonanza, en las discográficas había un día en el que se probaba a músicos nuevos. En Music Hall lo hacíamos los miércoles, y uno de esos días vienen dos pibes a grabar. Tenían una facha terrible y unas ideas raras, así que el arreglador les bajó el pulgar, los defenestró. Cuatro o cinco años después esos pibes estaban grabando en otra compañía, bajo el nombre de Sui Generis. Nos queríamos matar.

Hoy casi no lo recuerda, pero el Portugués era músico, saxofonista de los mejores de su época, viajó de Comodoro Rivadavia a Buenos Aires para triunfar en las grandes escenas, pero un accidente lo dejó fuera de carrera. “Un día hubo una epidemia de gripe y el sonidista enfermó, entonces mi amigo Hugo Carli me llamó para tomar su lugar. Mi debut fue con una gloria, Alberto Castillo en su mejor momento. Casi me muero cuando lo vi preparado para cantar. Llegué a mi casa y no recordaba ni lo que había hecho. Después de eso, se ve que me picó el bichito”.

–¿Esa experiencia como músico le sirvió para trabajar con ellos?

–Muchísimo. Me sirvió para saber lo que no hay que hacer. Como músico fui muy maltratado, por eso nunca me permitiría hacer algo así. El músico está muy expuesto, así que hay que contenerlo. Santaolalla, Fito, Castillo, la música me ha dejado amigos de todas las edades. La primera vez que grabé a Litto Nebbia tenía 14 años, venía con un órgano con pedalera. Cuando lo escuché tocar me sorprendió, pero mucho más cuando me dijo que él un día iba a hacer un disco solista.

–¿Los músicos son agradecidos?

–No siempre. Aunque me da pudor decirlo. Pero Litto cuando me ve dice que lo que sabe de grabaciones lo aprendió de mí. Es genial ese tipo y además, grabando es un maldito (risas).

–En el programa que hicieron con Rubén Juárez se lo vio llorar. ¿Qué pasó?

–Rubén terminó de grabar “Desencuentro” y yo no sabía que él estaba tan enfermo hasta que vino a la consola y se puso a llorar. Era un tipo al que conocí y vi en todos los estados, pero en ese momento lo sentí vulnerable. Su muerte fue un golpe tremendo para la música popular.

–Trabajó en la mezcla de Lalala, ¿Qué recuerda de la dupla Páez-Spinetta?

–Eran dos pibes fenomenales, gente que no paraba de crear, y personas generosas. En esa época nos divertíamos mucho. Recuerdo que estábamos terminando de grabar, viene Fito y me dice que no se bancaba más la seriedad del Flaco, entonces agarramos unos matafuegos que había y lo bañamos con eso, y le gustó tanto que lo incluyó en el fade out de “Serpiente de gas”. Pasaban cosas buenas y malas, como en todos los trabajos.

–¿Qué cosas malas recuerda?

–He visto gente en pésimo estado, imposibilitados pero tratando de grabar, por eso no permití que mis hijos se acercaran a música.

–¿Por temor a las drogas?

–Sí. En los ’80 la droga y el alcohol parecían inevitables, era raro grabar con gente que no se drogara. Ahora eso bajó mucho, los muchachos han cambiado porque se dan cuenta de que no les suma nada. Yo cuando puedo se los digo.

–¿Cómo reaccionaba entonces?

–Siempre me tuvieron mucho respeto, así que aunque se notara en algún caso, nunca se drogaron delante mío. Lamentablemente muchos pensaban que eran esas porquerías las que los hacían geniales, tremendo error.

–Con Charly García grabó varias veces. ¿Cómo se maneja un genio de ese tipo?

–Charly es un tipo especial, no hay mucha gente como él. Entra en el estudio sabiendo qué quiere y cómo lo va a lograr. Aun en sus días más difíciles por la adicción, trabajar con él fue casi un milagro del arte. Siempre hay que hacer lo que él dice porque sale bien. Lamentablemente la crisis de la industria se llevó puestos a muchos pibes con talento como él, que nunca podremos conocer. 

–¿Cómo se resiste la caída de la industria discográfica?

–(Suspira) La verdad, cada uno hace como puede. En los estudios que quedan se generan opciones no tan caras para que las bandas graben, a su vez las bandas se las ingenian para hacer su disco de forma independiente y la mayoría lo venden en los shows. No es fácil la situación que nos toca enfrentar. Si esta situación hubiese ocurrido décadas atrás, no sé si hubiéramos conocido a artistas como Troilo. 

–Si tuviera que elegir, ¿cuál es la voz?

–Hay varios, pero Mercedes Sosa es la mejor. El color de su voz y la expresión que tenía fueron espectaculares hasta el final. Después, hay muchos que no trascienden por su temperamento pero son fenomenales: María Graña, Juan Antonio Ferreira y varios otros. La industria puede ser muy injusta. Para triunfar hay mostrarse simpático o ser un poco hipócrita.

18.06.2013
     
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